domingo, 3 de julio de 2011

Luchar nunca es vano

Hace unos días miraba la tele y caí en un programa de esos que de alguna manera me hacen entrar en una especie de contradicción no tanto por la forma en que se presenta la situación sino por el fondo de la misma.
Contar todo el programa está de más. La escena era la de un hombre que había sido herido. Estaba sólo. Al poco, llegó una persona, desconocida para él por lo que prácticamente no sabía si debía confiar en él o simplemente venía a rematarlo.
Momentos antes de la llegada del extraño se mostraban escenas en las que el hombre herido luchaba por todos los medios para mantenerse vivo, por detener la hemorragia que de seguir lo hubiera llevado inexorablemente a la muerte.
Yo quedé observando fascinado esa escena. Solo una frase circulaba por mi mente en ese momento y tenía que ver con la terquedad de ese hombre para vivir, para no dejarse llevar por la muerte. El hombre estaba en un lugar descampado por el cual prácticamente no pasaban otras personas. Estadísticamente el tiempo en que se esperaba que pasara alguien con posibilidad de ayudarlo era mayor que el tiempo que le hubiera llevado desangrarse. Él parecía saber eso, se notaba en su rostro esa extraña combinación de desaliento y esperanza en lo que no sabía qué podía suceder. Su lucha por prolongar su vida, no era para prolongar su sufrimiento sino más parecía que era para poder tener tiempo de pensar en aquellas cosas que vivió, en las personas que quiere y lo quieren y al mismo tiempo arrepentirse de todo lo malo que hizo y lo bueno que no hizo.
Parecía como si todos esos pensamientos de alguna extraña manera lo impulsaran a querer más y por tanto encontrarle un sentido a seguir luchando aunque fuera en vano. El dolor era insoportable pero igual luchaba por seguir viviendo, por seguir sintiendo…
En un momento yo pensé, “por qué simplemente no sueltas el torniquete y te dejas morir, total, después de la muerte no vas a sentir nada y dejarás de sufrir, ni siquiera sentirás el deseo de seguir recordando y pensando en cosas de tu vida”. Pero el tipo seguía luchando.
Mientras las escenas seguían transcurriendo en medio de malabares del tipo por sobrevivir y al mismo tiempo intercalado con escenas de su vida, mis pensamientos me llevaron a otra época, aquella en la que pude ver a mi perrita Sophie en sus últimos días.
Pude ver claramente las escenas de cuando ella estaba cerca mi, desesperada, luchando por dar cada respiro. El cáncer le había tomado prácticamente todos los pulmones y aún cuando su muerte era inminente, ella no lo sabía y seguía luchando por respirar una vez más. En ese entonces, yo solo podía mirarla, no había mucho qué hacer, sólo esperar.
Recordé cómo se me acercaba a pedirme que le acaricie su cabecita. Era como si lo necesitara para recordar lo que vivimos juntos y al mismo tiempo hacerme recordar y valorar lo mucho que ella significó para mí. Era como si buscara reservar un recuerdo en mi memoria y asegurarlo a pesar de ya tenerlo asegurado desde prácticamente cuando llegó a mi vida. Era como si buscara sentir y recordar por última vez la sensación de sentirse querida…
Ella seguía luchando por respirar a pesar de se le iba un poco de vida con cada exhalación.
Finalmente murió. Y hasta ahora tengo el recuerdo de la lágrima que brotó de sus ojitos cuando se fue… Era como si hubiera llorado. Era como si entendiera que está dejando a muchas almas sufriendo con su muerte.
Muchas cosas en la vida no se nos van a pintar necesariamente como las queremos o las necesitamos. Eso es algo que he ido aprendiendo poco a poco.
Afortunadamente aprendí que no siempre lo mejor es huir. Muchas veces es mejor luchar, aunque sea por un tiempo, esforzarte por lograr lo que quieres y si no lo logras pues finalmente conservar el recuerdo de que hiciste lo que pudiste para lograrlo en lugar de recordarte a ti mismo con los brazos cruzados esperando que las cosas se hagan solas. Y reconozco que algunas cosas muy valiosas he llegado a ganar con esa filosofía pero que también he sufrido la derrota y aunque es muy dolorosa, la sensación de haberla sufrido luchando es muy diferente que sin luchar, ni peor ni mejor, sino diferente. Te permite decir en un intento por explicar por qué aquello no forma parte de tu vida: “lo bueno, es que lo intenté…”
Por eso cuando quieras algo, lo que sea, en tanto lo quieras con todas tus fuerzas, no sólo estarás presto a hacer cualquier cosa por lograrlo sino que esa misma fuerza que te da el desear te servirá como impulso…
Yo no pienso rendirme…
¿El programa de televisión? Pues contra todo cálculo probabilístico una persona que supo atender sus heridas pasó por dónde estaba el hombre herido el cual finalmente pudo salvarse. Ergo, muchas veces vale la pena tomar riesgos y afrontar las circunstancias por muy dolorosas que sean, total, después del dolor, solo está la muerte.

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