martes, 5 de julio de 2011

En las buenas y en las malas

Por lo general, suelo ver el mundo de una forma bastante analítica. Son muy pocas cosas que tengan un mínimo de notoriedad que no pasen bajo mi escrutinio. Tomo esa información en cuanto aparece y comienzo a analizarlo y a dudar de todo aquello que se pueda dar por sentado sobre dicha información.
Afortunadamente, muchas de las cosas que observo ya tienen una explicación lo suficientemente demostrada como para no tener que “inventar la rueda” a cada momento. Pero hay muchas cosas que quedan sueltas y que generan polémica dentro de mí.
No pienso que sea malo hacer en eso en términos generales. Pero en mi caso sí lo es en parte.
Cuando lo aplico a temas científicos me sirve muchísimo e incluso cuando abordo de manera científica asuntos tan humanos como los sentimientos. Pero es justamente cuando analizo los sentimientos humanos que son tan controvertidos y contradictorios que paralelamente a la satisfacción que me da ponerlos en zona de debate también me generan una enorme inseguridad a nivel sentimental. Más aún con la mala experiencia que alguna vez me tocó vivir.
Una de las cuestiones que más contradigo cuando se presenta la oportunidad es aquella en la que una persona afirma que su pareja es la mejor. Sin embargo, nunca restringen el campo de comparación y mucho menos han evaluados a todas las otras opciones que supuestamente son “menos buenas”. De esta manera uno puede ser el mejor de su ciudad, de su páis, del mundo, del universo, etc. Y por otro lado para poder algo tener el título de “el mejor” es porque quien pone ese calificativo ha evaluado a cada uno de los integrantes que conforman dicho conjunto. Pero, hasta ahora no he visto que en esas cuestiones sentimentales, alguien haya hecho un sondeo de tal magnitud.
Naturalmente, visto de esa manera no es difícil darse cuenta porque en el mundo existen tantos mejores novios, hermanos, papás, mamás. etc. Entonces es cuando uno deja de reflexionar y gastar energías en ello por darse cuenta de la enorme subjetividad que tiene ese título de “el mejor”.
Pero ayer, conversando con mi novia sobre ese tema, específicamente sobre cómo podía ella saber si yo era el mejor novio que ella podía tener alguna vez (que dicho de paso y modestia aparte, siempre me lo hace saber y con una convicción muy especial).
Cuando yo le aplico un mínimo de sentido analítico a lo que ella me dice, automáticamente me sale la odiosa pregunta: ¿significa eso que antes que conmigo has estado con todos los hombres del mundo? Objetivamente hablando es la única manera en cómo ella podría afirmar categóricamente que soy el mejor. Pero no, ocurre que al igual que yo, ambos somos entes muy poco recorridos en el ámbito amoroso por lo que se descarta esa manera de descubrir que soy el mejor para ella.
Y entonces. ¿cómo puede ella afirmar y estar tan segura de que lo soy? La respuesta me llegaría momentos más tarde en esa misma conversación, en la cual, en una mezcla de objetividad y subjetividad, me dejó sin palabras, más precisamente mascullando algunos intentos por decir algo.
Seguíamos debatiendo sobre el asunto y en medio de toda la argumentación propia de cuando se analiza algo yo intento darle la estocada a uno de sus argumentos haciéndole una pregunta: “¿cómo puedes estar tan segura de que no hay nadie mejor que yo? ¿qué harías si un día en medio de la gente que puedas conocer en tu entorno de trabajo aparece un chico que te guste físicamente y que además tenga muchas cualidades que también te gusten y encima de todo te comience a cortejar?” Larga pregunta y su corta respuesta fue: “Nada”
Repregunté: “¿cómo que nada? Estoy hablando de que el chico puede incluso ser mejor que yo en lo que a ti te gusta de mi y encima lo tienes cerca, a tu alcance, no tendrías que esperar para poder tenerlo junto contigo. ¿Qué harías?” Y su respuesta: “Nada”
No le encontraba sentido a su respuesta por lo que nuevamente refuté: “pero ¿qué sentido tiene lo que dices?” y esta vez ella alargó un poco más su respuesta.
“No haría nada porque yo te quiero a ti. Porque tu estuviste conmigo aún cuando estuve mal y ni loca me arriesgaría a estar con otro que me busca solo porque me encuentra bien…”
Me dejó sin mucho que decir no solamente porque me respondió con algo que ella sentía en sí misma sino porque parte de las razones que para ella me hacían único eran cosas que yo había hecho para con ella… intenté decir algunas cosas, balbucearlas más concretamente, hasta que finalmente preferí mantener un honroso silencio y decirle: “No hay mucho que pueda decir ante esa respuesta”
Más tarde cuando nos despedimos, al irme a dormir, me quedé pensando un rato más en ese tema y entonces me di cuenta de que en realidad lo que nos hace únicos para una determinada persona es en gran medida el agradecimiento que esa persona le dedica a uno y el cariño que eso genera, cuando de una u otra manera le has ayudado en alguna o varias cosas en su vida. Es como un tributo que te rinde, es como si te dijera: “No sé si seas el mejor del mundo, pero de lo que estoy segura es que, en mi mundo, tú eres el mejor”
Y entonces terminé de entender por qué en el mundo hay tantos mejores novios, papás, mamás, etc. Sencillamente no había considerado lo importante que es para uno su propio mundo interno. Lo había ignorado y hasta desdeñado.
Cuando ella me dijo esas palabras, toda aquella inseguridad que siempre me aparecía al analizar inclusive nuestra propia relación desapareció. Era como si al decirme todo eso me estuviera protegiendo de lo helados que muchas veces son los números y los conceptos…
Gracias a ella ahora puedo decir sin ningún temor a estar equivocado: “Tú también eres la mejor! “

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